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3 may 2012

Deus ex machina


Y entonces, como caido del cielo, llego el desconocido caballero de argéntea armadura blandiendo su arma. Uno tras otros cayeron los enemigos y el grupo, antes en precaria situación, pudo respirar con tranquilidad. Sin prisa pero sin pausa, le narraron al misterioso individuo cómo habian llegado a tan descabellada coyuntura. Y es que solo a través de una serie de desafortunados incidentes causados por ellos mismos fue que estuvieron a punto de perder la vida.

23 dic 2011

El Tren


Imagina un tren, un tren infinito. Las paredes de madera labrada, muestran hermosos y detallados relieves en todos los vagones, mostrando imagenes del pasado. Las ruedas de acero giran a toda velocidad transportando el tren por las vías. ¿El nombre del tren? Vida. Ahora imagina las vías. Infinitas, inmutables, dibujan un recorrido sinuoso por el mundo. ¿El nombre de las vías? Destino. Ahora le llega el turno al mundo, imagina un mundo que se extiende hasta donde alcanza la vista. Al norte, indefinidos océanos nebulosos. Al sur, áridos desiertos y abruptas montañas. Al este, helados parajes cubiertos de la más blanca nieve. Al oeste, vastas praderas esmeraldas, adornadas aquí y allá con bosques de secuoyas. Y bajo las vías, un pacifico riachuelo de aguas cristalinas tan brillantes que sus reflejos se asemejan a una miríada de estrellas. ¿El nombre del mundo? Experiencias. Así pues, cada uno tenemos nuestro tren, nuestro infinito tren que atraviesa un mundo de experiencias guiado por las vías del destino. Algunos eligen compartir su tren, otros viajan solos, pero todos pasamos por él más tarde o más temprano para recorrer sus sinuosas vías y explorar los vastos y misteriosos océanos que conforman nuestro futuro.

20 dic 2011

Palabras


Palabras. Palabras que se quedan en la garganta, atadas y mudas, por el miedo a decir lo que se desea. Palabras que desaparecen entre la voluntad y las inhibiciones. Palabras acalladas y consumidas por el fuego de un sentimiento.
El muchacho tenía en su poder palabras, palabras amables, palabras de amor, palabras de odio, palabras de ira, palabras atentas y palabras desagradables. El muchacho las tenia y sin embargo no usó ninguna. No uso las palabras amables con el chico que le ayudo a levantarse cuando le dieron una paliza, porque su ira se lo impedía. No usó las palabras de amor con la chica que amaba desde hacia tiempo, porque su miedo a no ser correspondido no se lo permitía. No uso las palabras de odio con su mejor amigo cuando este le dio la espalda, porque le quería como a un hermano. No usó las palabras de ira cuando le dieron una bofetada, porque se sentía demasiado culpable. No usó las palabras atentas con su amigo cuando este se rompió una pierna, porque estaba demasiado ocupado pensando en sí mismo. Y no usó las palabras desagradables cuando hablaba con una chica que no tragaba, porque creía que debía ser educado.
Mediante una simple sucesión de hechos, pongo de manifiesto la incapacidad de las personas para decir lo que piensan, pues resulta evidente que cuando unas palabras entran en conflicto con un sentimiento siempre mueren estas víctimas de los opresores sentimientos. Desde pequeños nos enseñan modales, protocolos de comportamiento, formas de vida, pero incluso sin saberlo, lo que realmente intentan enseñarnos es a ser obedientes y a reprimir nuestros impulsos para no decir lo que realmente queremos.

16 dic 2011

Tambores


Ta,ta,ta,ta. Redoblan los tambores. Ta,ta,ta,ta. Retumban en la mente, la mente del hombre, el hombre perdido. Ta,ta,ta,ta. Solo la conciencia prevalece, privada del cuerpo, perdida en la inmensidad del vacío. Ta,ta,ta,ta La conciencia enloquece, enloquece con cada era que pasa perdida, con la única compañía de los tambores. Ta,ta,ta,ta. Resuenan, resuenan sin cesar, sin descanso, único aviso de lo que está por venir. Ta,ta,ta,ta, infinitos, eternos, como la conciencia. Ta,ta,ta,ta. Observando los años, esperando los hechos. Ta,ta,ta,ta. La conciencia sabe, la conciencia no tiene esperanzas, la conciencia murió hace mucho, pero vive. Ta,ta,ta,ta. Sin cesar escucha los tambores que resuenan por todas partes y en ninguna. Ta,ta,ta,ta.  El tiempo pasa, pero no para él, él está fuera y está dentro; está en todas partes y en ninguna; está vivo y está muerto; él está libre y condenado. Ta,ta,ta,ta. La hora se acerca. Ta,ta,ta,ta.  No hay solución. Ta,ta,ta,ta. El final ha llegado. Ta,ta,ta,ta.

10 dic 2011

Hellhound


La oscura calle permanece imperturbable en la tranquilidad de la noche. O así debería ser, pues una figura la atraviesa como alma que persigue el diablo. La chiquilla viste ropas negras y su expresión refleja un terror que ni en sus peores pesadillas pudo haber imaginado. No se aprecia ningún peligro aparente y sin embargo la chiquilla no deja de mirar hacia atrás, oteando el horizonte en busca de un perseguidor desconocido. Mas al aguzar el oído, se pueden escuchar los gruñidos y zarpazos, sin duda alguna, producidos por la criatura que amenaza su existencia. Víctima de un fatídico tópico, tropieza, cae sobre los duros adoquines y algo sale despedido. Una pequeña bolsa de cuero. Aun no lo sabe, pero de haberla conservado, abría salvado su vida. La criatura, invisible, desgarra su ropa y su carne en pos de su objetivo. Los chillidos de dolor llenan la solitaria calle, nadie la escucha. Forcejea hasta el último instante pero no puede desasirse de su mortífero abrazo. Con el último mordisco, arranca el alma de los inertes huesos de la chiquilla. Un alma condenada, un pacto completado. El perro del infierno llevará ahora las almas que ha recolectado a su señor. Tal vez, la chiquilla debió haberlo pensado mejor antes de sellar el acuerdo, pues siempre conlleva un precio demasiado alto que nadie está dispuesto a pagar.

19 jun 2011

INSERTAR LA PIEZA A EN EL AGUJERO B

Dave Woodbury y John Hansen, grotescos en sus trajes espaciales, verificaban con ansiedad que la gran jaula flotaba lentamente alejándose de la espacio-nave mercante y acercándose a la cámara de aire. Con casi un año de permanencia en la Estación Espacial A5 tras ellos, estaban comprensiblemente cansados de las unidades de filtración que resonaban secamente, de los tubos de hidrocultivo que goteaban, de los generadores de aire que constantemente zumbaban y ocasionalmente se detenían.
—Nada funciona correctamente —solía decir Woodbury—, porque todo ha sido montado a mano por nosotros mismos.
—Siguiendo instrucciones —solía añadir Hansen— compuestas por un idiota.
Indudablemente había motivos para quejarse. Lo más costoso de una nave espacial era la cámara destinada a la mercancía, pues todos los avíos tenían que ser enviados a través del espacio desmontados y conjugados. Todo tenia que ser montado en la Estación con las manos desnudas, inadecuadas herramientas y confusas y ambiguas instrucciones escritas por todo guía.
Woodbury se había esmerado en escribir algunas quejas a las que Hansen añadió los adjetivos apropiados, y formales peticiones que auxiliaran la situación habían sido cursadas a la Tierra.
Y la Tierra había respondido. Un robot especial había sido diseñado con un cerebro positrónico que había empollado el conocimiento necesario para conjugar apropiadamente cualquier máquina en existencia que estuviera desmontada.
El robot estaba en la jaula que ahora se descargaba, y Woodbury se estremeció mientras la cámara de aire se cerraba tras el objeto.
—Primero —dijo—, esto rehabilita a la Junta para la Alimentación y, segundo, rehabilitará nuestra tostadora para que vayamos olvidando el sabor de la carne quemada.
Entraron en la estación y atacaron la jaula con suaves toques de desmoleculizador, de manera que ningún precioso átomo metálico de su especial robot solventador de jeroglíficos fuera dañado.
Finalmente, la jaula fue abierta.
Dentro no había sino quinientas piezas separadas y una lista escrita con confusas y ambiguas instrucciones para ensamblarlas.


    Isaac Asimov (21 de agosto de 1957)

30 mar 2011

Tiempo.

 Sentado, espera que pasen los días, que el tiempo deje de ser tiempo y pase a ser otra cosa. ¿Existe el tiempo? Una y otra vez no deja de repetírselo. Sentado, entre las sombras de su propia naturaleza, aguarda su momento, cuando la gloria llegue y deje a un lado la decepción, cuando sea capaz de dar el paso, y sea capaz de dejar atrás lo pasado, lo que no volverá. Sentado, aguarda el final, el final de una vida, y el comienzo de otra.

12 mar 2011

Despertar.

Despertar nunca es agradable, y por si fuera poco, hacerlo tras un letargo de más de cien años y con la boca llena de tierra cabrea a cualquiera. Tras cerca de un siglo, el ataúd se había descompuesto por completo. Sediento y debilitado por el tiempo, salí reptando de la fosa cubierta de tierra.
Había despertado en el Siglo XXI. Dos cosas fueron las que me hicieron volver a la actividad. En primer lugar, la información que me estaba llegando a través de las voces amplificadas que habían empezado a llenar el aire con sus cacofonías, comunicándome los grandes cambios que se habían produciendo en el mundo. En segundo, el baño de sangre que se estaba llevando a cabo.

Veréis: cuando un vampiro deja de beber sangre y se limita a reposar en la tierra (es decir, en nuestra jerga, cuando “se entierra”), pronto queda demasiado débil para resucitarse a sí mismo, y entra en un estado de sopor.

En ese estado me llegó el olor a la sangre derramada por uno de los míos. Haciendo acopio de las últimas fuerzas que me quedaban, me desenterré y comencé a vagar en un estado de vigilia. Más temprano que tarde, llegué a una casa. En su interior una dulce familia celebraba la navidad. Llamé a la puerta. El padre salió a recibir al extraño invitado, al ver mi estado, el iluso me invito a pasar, creyéndome víctima de algún accidente. Una vez dentro, lo asesiné a sangre fría, y me alimenté de él. Algo fortalecido aunque sediento, me dirigí al salón donde el resto de la familia seguía con su cena. Uno por uno, acabe con todos, dejando para el final a una preciosa niña pequeña, el bocado más dulce. Cuando termine, saciado y recuperando la fuerza que tenia antaño, me concentre en los recuerdos que contenía la sangre de mis victimas. Al principio era confuso, pero poco a poco fui ordenándolo. Antes de salir, me di una ducha, y me coloque uno de los trajes del hombre que, amablemente, había dejado sobre la cama (Seguramente preparando una posterior salida con su esposa, ya que a su lado descansaba un bonito vestido). Cuando hube terminado, le prendí fuego a la casa para tapar mis huellas y salí.

Con una sonrisa, me encendí un cigarrillo, y comencé a caminar, internándome en la oscuridad de la noche. Soy Alek. Soy inmortal. Más o menos. La luz del sol, el calor prolongado de un fuego intenso... tales cosas podrían acabar conmigo. Pero también podrían no hacerlo.

Decisiones.

Es una noche fría. Tan fría como todas las noches de la última semana. La playa está desierta. El vaho se deshace en jirones mientras sube al estrellado cielo nocturno. Entre las sombras se adivina la silueta del propietario de la caprichosa nube que se extingue en la inmensidad del cielo. Rodeado por las negras rocas de la bahía, permanece sentado Pietro. Aunque el frío es tan intenso que amenaza con congelar el mismo océano, éste solo lleva una cazadora encima de su sudadera favorita.  Con suavidad, saca un cigarrillo de un paquete recién empezado. El pulso firme, la mirada serena, con un ligero movimiento el cigarrillo se encuentra atrapado entre sus labios. Automáticamente, un Zippo con el emblema de un famoso grupo de música, está preparado en su mano. Lo enciende. Observa el mar, tranquilo, como buscando algo. No quiere pensar en ella, no esa noche.

Con un ruido ensordecedor, una ola rompe. Se decide. Echa a caminar en dirección a su moto, aparcada un poco más arriba, en la explanada. Sube a prisa los gastados escalones de madera del paseo. Una vez allí, tira lejos el cigarrillo con un movimiento de su dedo corazón. Sube a la moto. En la silenciosa playa, se oye con fuerza el rugido del motor mientras arranca. Da gas y al segundo siguiente se encuentra corriendo a toda velocidad. Por fin va a poner un poco de orden en la locura en que se ha convertido su vida.