16 dic 2011

Tambores


Ta,ta,ta,ta. Redoblan los tambores. Ta,ta,ta,ta. Retumban en la mente, la mente del hombre, el hombre perdido. Ta,ta,ta,ta. Solo la conciencia prevalece, privada del cuerpo, perdida en la inmensidad del vacío. Ta,ta,ta,ta La conciencia enloquece, enloquece con cada era que pasa perdida, con la única compañía de los tambores. Ta,ta,ta,ta. Resuenan, resuenan sin cesar, sin descanso, único aviso de lo que está por venir. Ta,ta,ta,ta, infinitos, eternos, como la conciencia. Ta,ta,ta,ta. Observando los años, esperando los hechos. Ta,ta,ta,ta. La conciencia sabe, la conciencia no tiene esperanzas, la conciencia murió hace mucho, pero vive. Ta,ta,ta,ta. Sin cesar escucha los tambores que resuenan por todas partes y en ninguna. Ta,ta,ta,ta.  El tiempo pasa, pero no para él, él está fuera y está dentro; está en todas partes y en ninguna; está vivo y está muerto; él está libre y condenado. Ta,ta,ta,ta. La hora se acerca. Ta,ta,ta,ta.  No hay solución. Ta,ta,ta,ta. El final ha llegado. Ta,ta,ta,ta.

13 dic 2011

Blink


Don't Blink! Not even blink. Blink and you're dead.
They are fast, faster than you believe.
Don't give your back, don't look away and don't blink.
Good Luck.

10 dic 2011

Hellhound


La oscura calle permanece imperturbable en la tranquilidad de la noche. O así debería ser, pues una figura la atraviesa como alma que persigue el diablo. La chiquilla viste ropas negras y su expresión refleja un terror que ni en sus peores pesadillas pudo haber imaginado. No se aprecia ningún peligro aparente y sin embargo la chiquilla no deja de mirar hacia atrás, oteando el horizonte en busca de un perseguidor desconocido. Mas al aguzar el oído, se pueden escuchar los gruñidos y zarpazos, sin duda alguna, producidos por la criatura que amenaza su existencia. Víctima de un fatídico tópico, tropieza, cae sobre los duros adoquines y algo sale despedido. Una pequeña bolsa de cuero. Aun no lo sabe, pero de haberla conservado, abría salvado su vida. La criatura, invisible, desgarra su ropa y su carne en pos de su objetivo. Los chillidos de dolor llenan la solitaria calle, nadie la escucha. Forcejea hasta el último instante pero no puede desasirse de su mortífero abrazo. Con el último mordisco, arranca el alma de los inertes huesos de la chiquilla. Un alma condenada, un pacto completado. El perro del infierno llevará ahora las almas que ha recolectado a su señor. Tal vez, la chiquilla debió haberlo pensado mejor antes de sellar el acuerdo, pues siempre conlleva un precio demasiado alto que nadie está dispuesto a pagar.

5 dic 2011

Los cuatro del Apocalipsis



Cuando abrió el primer sello, oí al primer ser viviente, que decía: "Ven". Miré y vi un caballo blanco, y el que montaba sobre él tenía un arco, y le fue dada una corona, y salió vencedor, y para vencer aún
                                                                                                                                                                             Ap. 6,2


Cuando abrió el segundo sello, oí al segundo ser viviente que decía: "Ven". Entonces salió otro caballo, rojo; al que lo montaba se le concedió quitar de la tierra la paz para que se degollaran unos a otros; se le dio una espada grande.
                                                                                                                                                                          Ap. 6,3-4


Cuando abrió el tercer sello, oí al tercer ser viviente, que decía: "Ven". Miré, y vi un caballo negro. El que lo montaba tenía una balanza en la mano.
Y oí una voz de en medio de los cuatro seres vivientes, que decía: «Dos libras de trigo por un denario y seis libras de cebada por un denario, pero no dañes el aceite ni el vino»
                                                                                                                                                                 Ap. 6,5/Ap. 6,6


Cuando abrió el cuarto sello, oí la voz del cuarto ser viviente que decía: "Ven".
Miré, y vi un caballo pajizo. El que lo montaba tenía por nombre Muerte, y el Hades lo seguía: y les fue dada potestad sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con espada, con hambre, con mortandad y con las fieras de la tierra.
                                                                                                                                                                Ap. 6,7/Ap. 6,8

19 jun 2011

INSERTAR LA PIEZA A EN EL AGUJERO B

Dave Woodbury y John Hansen, grotescos en sus trajes espaciales, verificaban con ansiedad que la gran jaula flotaba lentamente alejándose de la espacio-nave mercante y acercándose a la cámara de aire. Con casi un año de permanencia en la Estación Espacial A5 tras ellos, estaban comprensiblemente cansados de las unidades de filtración que resonaban secamente, de los tubos de hidrocultivo que goteaban, de los generadores de aire que constantemente zumbaban y ocasionalmente se detenían.
—Nada funciona correctamente —solía decir Woodbury—, porque todo ha sido montado a mano por nosotros mismos.
—Siguiendo instrucciones —solía añadir Hansen— compuestas por un idiota.
Indudablemente había motivos para quejarse. Lo más costoso de una nave espacial era la cámara destinada a la mercancía, pues todos los avíos tenían que ser enviados a través del espacio desmontados y conjugados. Todo tenia que ser montado en la Estación con las manos desnudas, inadecuadas herramientas y confusas y ambiguas instrucciones escritas por todo guía.
Woodbury se había esmerado en escribir algunas quejas a las que Hansen añadió los adjetivos apropiados, y formales peticiones que auxiliaran la situación habían sido cursadas a la Tierra.
Y la Tierra había respondido. Un robot especial había sido diseñado con un cerebro positrónico que había empollado el conocimiento necesario para conjugar apropiadamente cualquier máquina en existencia que estuviera desmontada.
El robot estaba en la jaula que ahora se descargaba, y Woodbury se estremeció mientras la cámara de aire se cerraba tras el objeto.
—Primero —dijo—, esto rehabilita a la Junta para la Alimentación y, segundo, rehabilitará nuestra tostadora para que vayamos olvidando el sabor de la carne quemada.
Entraron en la estación y atacaron la jaula con suaves toques de desmoleculizador, de manera que ningún precioso átomo metálico de su especial robot solventador de jeroglíficos fuera dañado.
Finalmente, la jaula fue abierta.
Dentro no había sino quinientas piezas separadas y una lista escrita con confusas y ambiguas instrucciones para ensamblarlas.


    Isaac Asimov (21 de agosto de 1957)